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Historias: Atenco y Manuel Barbabosa

...Aún es posible observar la presencia de cabezas de ganado...

El nombre que da título a la presente colaboración es el que lleva un libro inédito, escrito por el arquitecto Luis Barbabosa Olascoaga en 1988, hijo a su vez de Don Manuel Barbabosa Saldaña, quien hace 60 años dejó este mundo. El señor Don Manuel nació en la "Casa de los Pavos", Carmen número 13, Toluca el 16 de octubre de 1879, mismo año en el que su padre, Rafael Barbabosa Arzate adquiere la célebre hacienda de Atenco.

La obra mecanuscrita y que por sí misma merece su transcripción y posterior publicación, es un bello homenaje que recrea diversas vivencias protagonizadas por quien fuera responsable de la famosa ganadería mexiquense, una de las más importantes en el valle de Toluca y cuya administración cubrió el periodo primero como "Sucesores de Don Rafael Barbabosa" de 1887 a 1945 y posteriormente de 1945 a 1958.
 
Es bueno recordar que la historia de este espacio comenzó desde 1526, cuando Hernán Cortés estableció ganados mayores y menores con objeto de fortalecer la crianza, reproducción y el crecimiento de aquellas especies, garantizando así continuidad en el sentido de vida cotidiana, tal cual la mantuvieron en España, antes de aquella aventura colonizadora. 

Mucho de esto funcionó también gracias al mismo propósito que puso en práctica Cristóbal Colón, a partir de su segundo viaje, siendo "La Española" (hoy Haití y Santo Domingo) el primer espacio americano aprovechado en dichas tareas que incluía no solo esta domesticación en particular, sino también la del cultivo y otros menesteres.

En 1528, y por conflictos que encaró el extremeño, este cede en encomienda aquellas tierras a su primo hermano el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, hecho ocurrido el 19 de noviembre de aquel año. Así que haciendo cuentas, Atenco llegará muy pronto a sus 490 años de existencia, y aunque ya es un espacio reducido a la expresión de un ex – ejido –con menos de 100 hectáreas-, aún es posible observar la presencia de cabezas de ganado, sobresaliendo de entre las mismas, ejemplares con todas las características del fenotipo predominante en la casta navarra.

Por cierto, conviene aclarar que la encomienda es una institución de origen castellano que pronto adquirió en las Indias caracteres peculiares que la hicieron diferenciarse plenamente de su precedente peninsular. Por la encomienda, un grupo de familias de indios mayor o menor según los casos, con sus propios caciques quedaba sometido a la autoridad de un español encomendero. 

Se obligaba éste jurídicamente a proteger a los indios que así le habían sido encomendados y a cuidar de su instrucción religiosa con los auxilios del cura doctrinero. Adquiría el derecho de beneficiarse con los servicios personales de los indios para las distintas necesidades del trabajo y de exigir de los mismos el pago de diversas prestaciones económicas.

Vino después un largo periodo en el que la descendencia de Gutiérrez Altamirano detentó el control entre otras muchas propiedades de esta célebre unidad de producción agrícola y ganadera. Esto fue a partir de 1616, momento en que se consolida el linaje que como Condado Santiago Calimaya ostentó aquella familia, integrante de la élite más poderosa del virreinato. 

Tal circunstancia se extendió hasta 1879 cuando de la opulencia se pasó a la decadencia, de ahí que el señor Ignacio Cervantes Ayestarán pusiera en venta la propiedad de Atenco, misma que por diversas circunstancias se encontraba mermada por entonces. Rafael y Jesús María Barbabosa Arzate fueron los nuevos propietarios, cuando ya estos dos señores tenían como de su propiedad tanto Santín como San Diego de los Padres, otras dos haciendas que cobrarían importancia en el ámbito del espectáculo de los toros, entre mediados del siglo XIX y hasta las primeras cinco décadas del XX.

Atenco, que significa en nahuatl "cerca del río", ha representado en lo personal un foco de atención que se convirtió en tema de investigación desde hace poco más de 30 años, tiempo en el que he acumulado una valiosa información, misma que servirá para integrar el que será un ambicioso trabajo y donde "Atenco y don Manuel" tiene lugar muy especial. Baste mencionar dos detalles al respecto. Uno tiene que ver con la tesis doctoral (tesis con deliberación pendiente de aprobación) que terminada en 2006 lleva el título: "Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia", presentada ante la División de Estudios de Posgrado y el Colegio de Historia pertenecientes a la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M. El otro asunto es que entre sus anexos se encuentra concentrada la información sobre los registros de todos los encierros de toros bravos lidiados entre 1815 y 1915. El resultado fue sorprendente. Para ello traigo hasta aquí las notas finales de aquella labor:
 
Al concluir este extenso trabajo, la sensación que queda al respecto, es la de considerar a la hacienda de Atenco como una de las unidades de producción, agrícolas y ganaderas más importantes en el curso del siglo XIX (junto con la deliberada extensión que el presente trabajo le da hasta 1915) en este país. Tal cantidad de encierros que corresponde al número de 1172 deja claro el nivel de importancia, pero sobre todo de capacidad en cuanto al hecho de que, al margen de los tiempos que corrieron, y de las diversas circunstancias que se desarrollaron a lo largo de esa centuria, sea porque se hayan presentado tiempos favorables o desfavorables; ese espacio fue capaz de enfrentar condiciones previstas o imprevistas también.

No puedo dejar de mencionar que entre lo mucho escrito en este valioso trabajo, se encuentra una sencilla semblanza de la familia Barbabosa, forjadora de la entrañable hacienda atenqueña, donde destacan otros tantos personajes, los que integraron una comunidad trabajadora, y las anécdotas sabrosísimas que aparecen constantemente, o los pasajes que constituyeron el día a día al interior de aquella casa ganadera. 

No falta la explicación del apartado y arreo, el enchiqueramiento, la tienta, el herradero y finalmente la preparación de una corrida para su envío a las plazas así como el desembarque. Inevitable fue no escribir sobre Ponciano Díaz y sobre las fiestas y mojigangas con que celebraban a los patronos del lugar. Me refiero, tanto el día del Sagrado Corazón de Jesús así como el que dedicaban a la Purísima Concepción.

Por tanto, y aquí concluyo, es bueno destacar lo significativo del asunto. No estamos ante una casualidad. En todo caso, Atenco se convirtió en una realidad y con el recuento logrado de manera puntual y a detalle, queda más que comprobada su hegemonía y trascendencia que hoy, a poco más de cien años vista, se reconoce en su auténtica dimensión.

Recuperando el hilo de la conversación, y del que don Manuel Barbabosa Saldaña es su fundamento, solo me queda evocarlo como un personaje que como todo ser humano tuvo claroscuros en su vida, que por otro lado dedicó y entregó a la crianza de toros bravos, dejando en todo lo alto y por muchas ocasiones los colores de la divisa azul y blanco.

Espero que con un motivo como este, represente otra razón más para entender que la fiesta de los toros se metió en la entraña de nuestro pueblo. Que ocurrió un proceso bélico, efectivamente. Y ya concluido, ambas sociedades, la europea y la americana se amalgamaron en ese valioso mestizaje del que seguimos permeados. 

Ello ha de servir como elemento justificador para que los contrarios sepan que el pasado nos constituye y que gracias a ese complejo principio, el espectáculo de los toros representa un profundo arraigo asociado a diversos mecanismos festivos, pero sobre todo a una compleja infraestructura de la que se valen muchas personas para el diario sustento; así como al hecho de que respetando el principio de organización en una ganadería, se magnifica la justificación con la que muchos criadores dedican día a día todo su empeño en la crianza de una especie excepcional: el toro bravo.

Otros escritos del autor, pueden encontrarse en: https://ahtm.wordpress.com/

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