El comentario de Juan Antonio de Labra

...Paco no era hombre de dar cobas. Para nada. Supongo que ese...

El año 2017 nos sigue dejando una estela de personajes muertos difíciles de olvidar. Y a la negra lista encabezada por Chucho Solórzano se han sumado otros toreros importantes, como Manolo Cortés o Palomo Linares, además de periodistas de la vieja guardia, como Clarinero; gente amiga, cercana, entre otra que también se ha ido en ese recordatorio de que aquí sólo estamos de paso. Ayer le tocó turno a Paco Baruqui, por desgracia.

El apellido Baruqui todavía retumba con nostalgia en mis recuerdos de infancia… ése apellido libanés, quebradizo fonéticamente, que siempre despertó mi curiosidad. Nunca olvidaré el día que me llevó a mi casa siendo apenas un chiquillo de unos 12 años. Era un domingo de toros, un domingo cualquiera. Abordamos un precioso 280ZX, aquel flamante cupé que acabada de introducir al mercado tapatío, pues a eso dedicó toda su vida, a vender coches.

Y aunque yo vivía tan lejos de la plaza "Nuevo Progreso", y Paco debía ir a su oficina a escribir la crónica para El Informador, no tuvo empacho en acercarme hasta Las Fuentes con el cariño de quien hace un favor al hijo de unos amigos. Supongo que le hizo gracia que ese chaval fuera solito a los toros, en camión de ruta, haciendo gala de una febril afición, la que me había inculcado mi madre, con la que Paco mantenía una profunda complicidad taurina.

También fui uno de sus fieles lectores. Me gustaba su convicción y su dureza. Y debo confesar que cuando comencé a escribir de toros para El Redondel, por allá del 86, leía su crónica para "orientarme" y poder redactar mi texto, que aparecía hasta el domingo siguiente en las páginas del inolvidable semanario capitalino. Así que Paco era mi referencia más confiable como periodista.

Andando los años, en el verano del 93, fui a visitarlo antes de mi primer viaje a Madrid para estudiar el doctorado en La Complutense. Fui a regalarle mi tesis de licenciatura, que versa, precisamente, sobre la crónica taurina. A cambio recibí buenos consejos. Me habló del "camino de rosas"… y "el de espinas". Comprendí aquella sabia metáfora de inmediato.

Más adelante en el tiempo, en los años recientes, ya no estaba totalmente de acuerdo con su forma de ver la Fiesta de México, que siempre equiparaba con la de España, donde él realmente se sentía a sus anchas. Y aunque algunos afirman que le hizo mucho daño a la Fiesta de Guadalajara, porque trataba de influir para imponer un toro similar al de Madrid, yo difiero de esa opinión, sin duda.

Hace apenas tres meses estreché por última vez la cálida mano de Paco en Guadalajara, durante esa merecida despedida para Alfredo Sahagún, que también fue amigo suyo. Me miró a los ojos con franqueza y me felicitó por el texto que leí. Me sentí orgulloso de escuchar su veredicto. Paco no era hombre de dar cobas. Para nada. Supongo que ese artículo le gustó porque reivindicaba al toro, y a la Guadalajara taurina que nos identificaba. Quedamos de reunirnos este mayo en España para beber café, como en más de una ocasión lo hicimos en el Hotel Husa Princesa, su casa en Madrid. Pero ya no pudo ser.

De Paco se podrán decir muchas cosas positivas, como persona y aficionado, y quizá una que otra negativa como crítico. No era monedita de oro. Sin embargo, nadie negará que defendió su verdad taurina con fervor y fue fiel a un concepto, a una forma de ver la Fiesta, de sentirla, de contarla y, muchas veces, también de cantarla con sensibilidad y buena pluma. Algo que ya no abunda.

Porque cuando Paco Baruqui le daba el "sí" a un torero o a un ganadero, aquella afirmación tenía peso, el peso de quien escribía con sinceridad y ganas de poner orden en un medio hostil y complejo, como el taurino. Bendita necedad la de Paco, que ahora nos deja su legado; un gran legado de cultura y afición. De seriedad y respeto. De respeto, sobre todo, como pocos.






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