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Desde el barrio: La tarde de Diego Urdiales
Por: Paco Aguado | Opinión
Martes, 28 de Agosto del 2012 | Madrid, España
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La columna de este martes
Siempre hay una tarde clave en la carrera de un torero, y la de Diego Urdiales fue la del pasado domingo en Bilbao. Una tarde de toros que marcará frontera, que definió la verdadera dimensión de su toreo y de su hombría y en la que, de paso, el arnedano volvió a mostrar la verdadera esencia de este arte en unos tiempos confusos.

Salieron los "victorinos" pidiendo los papeles a todos los que se les enfrentaron sobre la arena ferruginosa de Vista Alegre. Corrida compleja, dura, exigente, de las que miden la temperatura de ánimo de los hombres. Sin perdonar ni un error, ni una duda. Salvo el quinto, no fueron bravos ni encastados, que nadie se engañe, los toros que se embarcaron en la finca de Monteviejo, sino reservones, peligrosos, orientados… y otros muchos calificativos que no caben en la definición de la verdadera bravura. Y duros, muy duros de todo.

Tarde, pues, para toreros curtidos, para hombres bragados y conocedores del paño, para tíos templados de corazón y cargados de bragueta. Tarde de sustos y de percances, de coladas, de hachazos, de volteretas. Tarde de enfermería y tensión, en la arena, en el callejón y en el tendido. Tarde de superación, extrema prueba de carácter que cada uno, de oro o de plata, a pie o a caballo, superó como pudo. Precisamente la tarde en la que Diego Urdiales se alzó como un torero de impresionante talla.

Heroico Urdiales no por levantarse como si nada tras cada cogida en la que los pitones le buscaron las entrañas del cuerpo y del alma, ni por mantener una entereza titánica ante el temible y amedrentador cariz que toro a toro fue tomando la tarde. O ni siquiera por matar con solvencia de auténtico maestro tres de aquellos diablos cárdenos por cogida de su compañero Javier Castaño.

Urdiales fue héroe, dueño y señor de la tarde, porque pensó y actuó en el escalón superior del podium, porque fue mucho más que un gladiador ante la adversidad y las aviesas ideas de los "victorinos", sino que jugó un papel mucho más difícil de asumir en esas condiciones: el de torero caro y artista entregado.

No fue la actuación del riojano la de un "especialista" al uso. No hubo ni un regate ni un solo alarde de falso valor en sus tres faenas. Ni crispaciones, ni arrebatos, ni huidas hacia delante. Diego puso orden en la tarde con cabeza y pulso, con las plantas siempre reposadas en la arena, con pasos firmes y sosegados, con temple dulce y con una precisión técnica enfocada única y exclusivamente a hacer el toreo más puro, más cristalino, a esas tres "piezas" del hierro de la "A" coronada.

Entregado a su causa, Urdiales paseó con sabor y solera, recreándose en sí mismo, por el camino recto al borde del abismo. Sin tomarse una sola ventaja, sin permitirse una sola licencia ni la más mínima concesión dealivio. Diego toreó, pese a todo. Y ahondó el natural, y autentificó la verónica. Y se pasó los pitones muy cerca, a conciencia, creador de unas embestidas nunca regaladas y sólo gobernables desde esa apasionada entrega que dijo Alameda que era el toreo.

Todo lo hizo con la naturalidad de los realmente grandes, sin tensiones ni ansiedad, sino con aplomo y suavidad, sin forzar nunca la figura, sin esconderse a su destino. Y recordando, aun por aquella senda de cristales, la esencia de un arte que, a fuerza de reinventarse, tiende a disiparse por otros caminos que no llevan a Roma.

Eso hizo Diego Urdiales el pasado domingo en Bilbao: como Miguel Ángel en el mármol, moldear el mejor toreo desde la dureza rocosa de una tarde infernal, llevar luz de calidad al oscuro pasillo de la enfermería que empezaba ya en los mismos medios de la plaza; hacer fácil lo aparentemente imposible con una naturalidad y una sinceridad, hoy por hoy, al alcance de muy pocos, pero que muy pocos, toreros del escalafón.

Ahora ha vuelto a casa, dolorido, con el cuerpo trazado como un mapamundi, con sus surcos de varetazos, con sus depresiones musculares a fuerza de puntazos, con sus aristas óseas astilladas de pezuñas y testuz. Pero con la moral probada en otra batalla resuelta con ánimo templado y muñecas de algodón. Con el orgullo de quien se sigue sabiendo más torero que nunca, de quien hace valer al artista que lleva dentro por encima del guerrero obligado y forjado por las circunstancias.

Las empresas, quizás, aún no se hayan enterado. Los buenos aficionados, que siempre van por delante, sí que lo han hecho. Porque lo del domingo en Bilbao fue un clamor: la tarde clave en la carrera de Diego Urdiales.
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